La cantina de Agustín Lara

*Tiempo de rendir tributo al Bar Blancanieves de Tlacotalpan, ciudada Patrimonio Cultural de la Humanidad: En esta barra de concreto y sobre estos bancos se sentaba Agustín Lara a tomar una copa de coñac

Inés Tabal G

Tlacotalpan, Ver. – Las paredes de este lugar están tapizadas de recuerdos, historias y anécdotas que son narradas en fotos y dibujos de uno de los exponentes del bolero más reconocidos en México: Agustín Lara.

En esta cantina se han detenido a tomar una copa los gobernadores, políticos, deportistas, cantantes y una infinidad de turistas que acuden al Bar Blancanieves a impregnarse un poco de la historia que envuelve a este pequeño municipio que, “El Flaco de Oro” elegía para pasar sus fines de semana.

El pequeño bar, que a pesar de los años conserva su ambiente colonial, es atendido por Tobías Carvajal Domínguez. Es la segunda generación que está al frente desde que su padre lo fundó hace 76 años y, asegura, van por la tercera.

El hombre bonachón, de labios pronunciados y pelo blanco, presume a todo aquel que entra que tuvo la suerte de conocer al cantante cuando solo era un niño. En esta barra de concreto y sobre estos bancos se sentaba Agustín Lara a tomar una copa de coñac; tres para ser exacto, ni una más ni una menos.

“Mi papá lo conoce en el Hotel Diligencias, del puerto de Veracruz, en 1933. De ahí empezaron a hacer una amistad muy bonita. Mi padre iba a México al Teatro Lirico, ahí los recibía don Agustín Lara, le llevaban obsequios con un grupo tlacotalpeño”, cuenta Tobías.

Entre sus recuerdos de la infancia todavía está uno de aquel hombre alto y extremadamente delgado que bajaba del autobús frente al Hotel Reforma y se dirigía al bar a saludar a su padre. Con tríos y marimba comenzaban las tardes bohemias que llenaban de vida a este pueblo ubicado a un costado del río Papaloapan.

“En marzo de 1965 hizo una visita al bar y mi papá le presenta a una de mis hermanas y a mí, volvió a venir en abril del mismo año, que fue la última vez que vino a Tlacotalpan, y mi papá le presenta a otra de mis hermanas y le dice: ´ ¡¿cómo, otra cara?!´ él se refería que era otra hija más. Él pregunta que entonces cuántos éramos y mi papá le dijo que éramos 7 hijos. Don Agustín le contesta: ´desde hoy ya no eres Tobías, eres Blancanieves, por los 7 hijos”, narra Tobías.

Desde entonces la cantina “El encanto de Tobi” adoptó un nuevo nombre con el que ahora es nacionalmente conocido. En la entrada del sitio hay un gran letrero de madera con la frase con la que “El Flaco de Oro” bautizó este recinto.

*Un lugar impregnado de anécdotas*

El negocio aún tiene el toque de aquellas cantinas de la época colonial, donde los hombres se reunían después de una larga jornada laboral en el campo.

Las mesas de madera y los bancos, hacen juego con las paredes color beige y el techo de teja de donde cuelgan unos ventiladores que se mueven con las bocanadas de aire que despide el río.

Las fotos y dibujos que cuelgan en estas paredes son recuerdos que su padre tenía de los viajes que realizaba a Ciudad de México, otras son los vestigios de los artistas que han visitado el negocio.

“Mi papá era muy dado a escribir a los presidentes de la República, a los gobernadores. Le escribió al canciller alemán Konrad Adenauer, a Richard Nixon le mandó unas postales de la ciudad de Tlacotalpan, cuando todavía era puro pasto. Mi papá nunca esperó que le fueran a contestar y se estuvo carteando mucho tiempo con ellos y existen las cartas firmadas por ellos y las tenemos guardadas”, comenta.

Al fondo, una foto del expresidente de Estados Unidos junto con la de Luis Donaldo Colosio conviven en el mismo sitio. Aquí no hay distinción de partidos políticos, ni de personas. Igual han llegado presidentes de izquierda como de derecha.

Junto a las imágenes de unos santos se encuentra el retrato de Salinas de Gortari, volteado de cabeza. En esa posición está desde 1995, cuando Porfirio Alejandro Muñoz Ledo, exdiputado del PRD, llegó a la cantina y vio la fotografía del priista decidió ponerla de esa manera.

Frente a la barra del bar un estante de licores da constancia de los años que tiene el negocio, por las tardes sus sillas, donde se sentaron varias figuras emblemáticas del país, son ocupadas por tlacotalpeños que llegan a degustar unos toritos, una cerveza y a llenar de vida la cantina donde sobrevive el recuerdo de Agustín Lara.

 

 

 

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