Capilla de Maximiliano: al emperador nadie le reza

Aníbal Santiago

Querétaro, Qro.-  No la tendrá fácil el audaz que pretenda violar este candado: fundido en hierro, con cilindro para llave radial de alta seguridad, barrenos de drenaje contra la corrosión ambiental y cerrojos de balín resistentes al impacto. O sea, complicado que las pinzas o los mazazos abran la morada final de Ferdinand Maximilian Joseph Maria von Habsburg-Lothringen, mejor conocido como el emperador Maximiliano de Habsburgo.

¿Insuficientes elementos de seguridad? El candado Assa Abloy que atranca la entrada de la Capilla del Cerro de las Campanas, aunque discreto, está blindado: lo integran varias planchas fraguadas a 1250 grados: el infierno. Distinto, pero un infierno como el que, con solo 35 años de edad, Maximiliano de México sufrió con 18 soldados enfrente, los responsables de acabar en Querétaro con los cinco años de la Intervención Francesa llenando de plomo a los generales conservadores Miguel Miramón y Tomás Mejía y a su aliado, el flacucho político austriaco de larga barba enmarañada.

Las capillas son construidas para rezar. Pero en la Capilla del Cerro de las Campanas, creada en el espacio donde a Maximiliano le descerrajaron el pecho a balazos el 19 de junio de 1867, nadie puede rezar. Y no es porque no haya una sola banca para que los fieles eleven sus plegarias (no la hay, por cierto), sino porque nadie tiene permitido entrar a la pequeña nave, cerrada a perpetuidad. Quizá la razón de que siempre esté así esta capilla es un deseo inconsciente de la historia oficial: al invasor nadie le puede dedicar ni una oración y menos llorar. Que se siga muriendo solo.

Si alguien anda muy necesitado de meditar que se siente en una de las viejas bancas de herraje que hay fuera del templo rosado.

Desde el enrejado exterior divisamos un piso de mosaicos, un púlpito dorado, los muros de cantera, y un altar con un antiguo óleo de una mujer desesperada sosteniendo entre lágrimas a su semidesnudo hijo muerto: la virgen María con el cuerpo sin vida de su Jesús. “Está equivocado, señor; no es Jesús sino Maximiliano abrazado por su mamá (Sofía de Baviera)”, me reprende una vendedora de recuerdos del Cerro de las Campanas. Al pie de la escalinata hacia la capilla vive rodeada de crucifijos, rosarios, retratos de la emperatriz Carlota elegante y hermosa antes de enviudar y enloquecer. Y claro, también la acompañan imágenes de Maximiliano penetrado por las balas el día en que a la voz de ¡fuego! lo asesinaron los hombres del general juarista Mariano Escobedo. Mirada apagada, cuerpo sangriento, músculos lánguidos: por algo la señora jura que no es Cristo sino Maximiliano quien vemos en ese cuadro.

La existencia de esta capilla es, en realidad, un ruego. Como no había un recuerdo físico del soberano europeo, en 1901 el gobierno de Austria suplicó a don Porfirio que el arquitecto Von Mitzel construyera una capilla en el mismo sitio donde el emperador cayó fulminado 34 años antes. Cuando él y los otros dos enemigos de Juárez fueron fusilados, sobre los puntos exactos de las muertes se alzaron tres montones de piedras mugrosas y arriba les encajaron tres cruces. El Segundo Imperio mexicano no merecía más que eso: unas horribles montañitas de desprecio.

Hoy, el Parque Nacional Cerro de las Campanas son colinas impecables con aires casi austriacos: brillante y terso césped húmedo, cipreses, yucas y jacarandas que sobrevuelan con su plumaje colorido carpinteros enmascarados, caciques mexicanos, palomas arroyeras, coas citrinas de vientres amarillos.

Y en lo más alto del cerro, sobre una amplísima explanada, se levanta una escultura colosal de 13 metros de Benito Juárez que para glorificar a la paz de la República Restaurada mandó a hacer en 1967 Gustavo Díaz Ordaz, el presidente amante de los balazos y la sangre. Ironías nacionales.

El Juárez de piedra volcánica, majestuoso Buda mexicano, todopoderoso y con cierto desdén mira desde lo alto la minúscula capillita de su enemigo, memoria final del emperador apresado que una mañana de hace 156 años, la última de su vida, recibió un desagradable desayuno: pollo y vino. No tocó el pollo (hizo bien). Solo bebió vino. Luego, vigilado por un batallón, junto a los también sentenciados Miramón y Mejía partió en carruaje rumbo al Cerro de las Campanas, preguntó si su amada Carlota seguía viva y viendo al cielo despejado pronunció: “es un buen día para morir”.

En lo alto del Cerro de las Campanas los cielos azules son inmensos.

 

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