Doña Anita, el sabor del son jarocho

*En su natal Jáltipan, con 89 años encima, Ana María Guillen Martínez es un referente de la cocina del sur de Veracruz; su fogón se desenvuelve entre son jarocho tradicional, ese que tocan Los Cojolites.

Nadia Carrión

Jáltipan de Morelos, Ver.- Las plantas, jaranas, libros, chogostas (tierra comestible) y, sobre todo, los aromas de la cocina rodean la vida de Doña Anita, una mujer de 89 años que preserva la cocina tradicional del sur de Veracruz.

Su blanco cabello, bata y sus cómodos zapatos son un referente en su natal Jáltipan, donde su cocina se desenvuelve entre son jarocho tradicional, ese que tocan Los Cojolites.

Los tamales de chipil, frijol, los chanchamitos, el pan de nata, volovanes, conchas con pasta de vainilla o chocolate y conos de manjar son algunas de las creaciones de Ana María Guillen Martínez.

Sus manos y su rostro arrugado aparecen constantemente en sus redes sociales preparando su pay de queso, volteado de piña, pay de piña con plátano macho, puritos de queso y empanadas de requesón.

Los vecinos siempre se dan cuenta cuando empieza a hornear, porque surge un exquisito olor de casa. Incluso cuando sale a cortar sus hojas de plátano o acuyo, es una señal que la magia llegará a su cocina.

-“Estás horneando, hasta acá huele”, le gritan.

El cálido hogar de Doña Anita, cuna del grupo Los Cojolites, conserva un sin fin de notas musicales, fruto de generaciones que se han dado cita para aprender de los viejos.

La música de son jarocho siempre está presente en su vida y cuando empieza a cocinar, el olor de su comida y panes, se conjugan con el son, un deleite para muchos.

Aprendió a hacer panes en un horno de barro, su suegra de origen chiapaneco le enseñó con mucha paciencia el arte de la cocina y sus más profundos secretos, los cuáles ha compartido solo con miembros de su familia.

“Yo les digo que aprendan, no toda la vida voy a vivir”, afirmó.

Su infancia fue difícil, quedó huérfana de madre cuando tenía un año de nacida y su padre emigró buscando nueva familia; la acogió, con amor,  su abuela. Aprendió trabajando en el campo, sembrando maíz, frijol y camote, pues de la cocina solo sabía moler maíz y hacer tortillas a mano.

A los siete años, remaba una lancha de Tacamichapan a Minatitlán, lugar donde ofrecía sus productos; solo pudo asistir a la escuela durante seis meses, dedicando su vida a trabajar honradamente.

Cuando creció tuvo que buscar otra manera de ganarse la vida para mantener a sus hijos, por lo que fue costurera, aplicaba inyecciones y sueros, también cocinaba.

Es madre de cinco hijos (uno ya finado), tiene diez nietos y diez bisnietos y se ha ganado el cariño y respeto por una gran cantidad de habitantes de Jáltipan y músicos de toda la región.

Doña Anita, quien ahora recibe ayuda en la cocina,  ofrece sus productos en su casa, pero en ocasiones sale a paso lento con su bastón a vender al mercado, dónde -dice con alegría- termina todo muy rápido.

Sus arrugadas manos las mueve con agilidad y delicadeza al preparar sus exquisitos platillos; todo se cocina a fuego lento y a la leña y siempre hay personas dispuestas a aprender de la apreciada Doña Anita.

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