Un rincón de la vieja Europa en Hidalgo

*Durante siglos, mineros mexicanos, españoles, ingleses y estadounidenses llegaron a estas tierras a extraer plata y oro; en el Pueblo Mágico de Mineral del Chico ocurrió una amalgama de cuatro culturas que nos llevan a explosión de sensaciones

Édgar Ávila Pérez

Mineral del Chico, Hgo.- Un reducido y serpenteante camino adentra a los inmensos bosques de pino, encino y oyamel donde antiquísimos pueblos mineros resistieron el tiempo y los cambios del hombre.

La espesa neblina que abraza esos senderos, invade el arbolado y arropa un lugar fundado hace más de 400 años en la llamada Comarca Minera de Hidalgo, un corredor donde se mimetizaron las tradiciones de hombres y mujeres indígenas, españoles, ingleses y estadounidenses que se adentraban a la tierra.

Conforme se avanza por las empedradas calles, la bruma deja ver antiguas casonas levantadas con piedra y techos de teja rojiza, recintos religiosos y en conjunto un pequeño poblado de un poderoso pasado: Mineral del Chico.

Andar por los estrechos callejones, sentir la fría brisa golpear el rostro, aspirar aromas a polvo mojado y percibir sabores opuestos de las cocinas, es adentrarse a una tierra de costumbres arraigadas.

Una población antigua de origen cien por ciento minera, con 300 minas de plata en su mayor esplendor, con obreros y jefes de otras naciones y otras épocas que dejaron su huella en las construcciones que evocan a la vieja Europa y a los casas de los fértiles campos estadounidenses.

El ejemplo más representativo de esta arquitectura que fascina y emociona es la Parroquia de la Purísima Concepción, una construcción de estilo neoclásico con fachada de cantera y columnas toscanas, cuya primera estructura de adobe data del año 1569.

En lo más alto de su fachada, la maquinaria del reloj construida en el mismo taller donde se creó el famoso Big Ben de Londres, una reliquia del templo que sufrió construcciones posteriores en los años 1725 y 1819.

Una joya más es la fuente de hierro fundido ubicada en el jardín central,  evoca la naturaleza que rodea al lugar.

Las montañas tupidas de árboles, las copas de los pinos alzándose en las alturas y cientos de aves revoloteando forman parte de la riqueza ecológica y de los paisajes que regala el Parque Nacional donde creció el Pueblo Mágico.

Su historia recuerda otros periodos y a pesar del paso del tiempo conserva su tradición gastronómica minera, en un sincretismo con las tradiciones locales: los pastes de carne y papa se combinan con el pulque, la flor de calabaza, huitlacoche y hasta con los hongos silvestres. Y se agregan las quesadillas de hongo y la panza de res.

Ingresar al parque es convertirse en un infante nuevamente, alegrarse al observar docenas y cientos de dulces de todos los colores, texturas y sabores, muchos de ellos tradición de esta región mexicana.

Cuando los sentidos se adentran por esas callejuelas, es como si el cuerpo se trasladara a otras naciones, distantes que llegaron para quedarse y mimetizarse con los nuestros.

Es una explosión de sensaciones.

 

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