Aviario del Parque Lincoln: cuida tus aretes

Aníbal Santiago

Ciudad de México (CDMX).- El pavorreal del Parque Lincoln es, más que un ave, un conde. Abrirás apenas el portón, con timidez asomarás la nariz para espiar el palacete de seres voladores, y el ave te recibe desplegando sus 200 plumas verdes. En abanico, para que digas “ohhhh”, expande su plumaje. Hay algo claramente ególatra en esta especie: no solo come frutos aristócratas -frambuesas, moras, grosellas, arándanos-, sino alabanzas. No soporta el desdén, y por eso se la vive en la entrada del aviario de Polanco en típica actitud de colono de este barrio: “pasen y miren qué hermoso soy” (no se hagan, polanquenses).

Como además de verlo a él quieres conocer a las 250 aves que acá habitan, lo eludirás dando sobre el sendero pasos cuidadosos (a un conde no puedes tocarlo con tus pies procedentes de la Línea Naranja del Metro). Tu cabeza se elevará y mirarás papagayos, pericos, cacatúas, pero no te impactarán tanto sus colores como sus cantos.

La residencia de estos pájaros es una metálica jaula de resonancia donde los más elegantes cantan, pero en la que otros dan alaridos, reclaman, festejan, se carcajean, lloran. En ciertos momentos esto es un reventón extremo de aves eufóricas, y en otros un manicomio. Los sonidos estridentes que descargan penetran tus oídos e invaden tu piel. Por eso vas a sentir escalofríos. No te unas al griterío si sientes en la nuca el plumaje de algún ejemplar que al volar de un lado a otro del aviario te tocó con su ala: el espacio es reducido y a veces no logran esquivarte. Y no te espantes si sientes a un perico escarbar tu oreja atraído por tus aretes. Para evitarte un desmayo, quítatelos luego de pagar tus ocho pesitos. “No son agresivos, son curiosos”, se ríe don Alberto Palacios, el cuidador de estas aves que a punto estuvieron de morir en desgracia. ¿Por qué? La Profepa, la FGR, la Semarnat y hasta la INTERPOL las entregaron al aviario tras operativos contra traficantes de animales exóticos y la delincuencia organizada (son sus mascotas).

No creas que las aves vivían felices en suntuosos jardines; a unas, sus captores les mutilaron las alas para que no volaran, y otras fueron halladas amarradas. Sus pasados terribles causan traumas: algunas se arrancan las plumas, otras se flagelan con sus garras, unas más se ocultan solitas y con miedo en los rincones de este refugio que hace cerca de 15 años nació.

Con mucha razón, un anuncio te avisará: “Queda prohibido ingresar bajo el efecto de estupefacientes”. La fusión de colores y sonidos es psicodélica, pero goza en tus cinco sentidos.

Y ahora recorre el aviario como explorador del Amazonas, emocionado por el simple acto de observar. Los patos nadan en el estanque y los pájaros comen, dialogan, se rascan entre sí, duermen, te vigilan desde el techo, despedazan a picotazos los carteles con datos técnicos. Si logras leer, las letras machacadas avisan que aquí vive el asombroso Faisán de Amherst, llegado quién sabe cómo desde el Tíbet; la azulísima como el mar Chara Yucateca o la Cacatúa Alba, blanca cual monja dominica. Y las láminas también te cultivan sobre lo que rodea su pico: narina, cera, comisura, anillo periocular e iris.

La preocupación en Polanco por las aves es antigua. Desde que en 1938 el Parque Lincoln se creó, su símbolo ha sido la Torre del Reloj, antes llamada Torre del Palomar por ser un aviario. Hoy no solo puedes entrar a ese viejo albergue avícola (ya destinado al arte) y al nuevo en activo, sino sentarte en las bancas de piedra del parque, nonagenarias y adornadas con azulejos de pajaritos coloridos. Quizá ahí contemplaron a los otros pájaros -los de los árboles- doña Amalita y su marido, Lázaro Cárdenas, el mandatario que el mismo año que expropiaba el petróleo fundó este parque.

Cuando estés a punto de irte, habrás atestiguado una maravilla: las aves del Parque Lincoln no temen a la gente. Por el contrario: comparten sus andadores, retozan en los pasamanos, se posan en los hombros del cuidador don Alberto cuando sale con sus charolas a repartir frutos, semillas, flores; dejan sus huevitos a unos pasos de donde avanzan tus pies o te miran atentos, atraídos por la exótica especie humana. O sea, las aves están en su casa, pero te la abren confiadas y con muy buena onda: “bienvenido seas, forastero”.

Cuando te vayas, en la entrada te despedirá el pavorreal. Hazlo feliz y dale un poquito de afecto. Ya sabes cómo: suéltale un piropo.

 

 

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