La Azteca, el dulce paraíso

*Durante cuarenta años, la dulcería de la ciudad de Xalapa no sólo fabrica calabaza, chilacayote, biznaga, camote y piña cristalizada, puritos de pepita y jamoncillos, sino obras de arte que evocan infancias y recuerdos de los abuelos

Édgar Ávila Pérez

Xalapa, Ver.- Los mexicanisimos colores en amarillo y rosa de esa tradicional casa xalapeña, flanqueada por grisáceas calles de un añejo centro histórico, llaman a adentrarse a un universo donde la felicidad es tangible.

Vislumbrar, por los espejos de las vitrinas, formas y tonalidades que se transforman en sabores infantiles, en recuerdos de fiestas y tradiciones, es sobresaltar los sentidos en un barrio antiguo con viviendas sombrías.

Un viaje a las entrañas de la Dulcería Azteca, donde parece que los dulces no se fabrican, sino que son producto de la naturaleza. Cualquiera que llega a sus charolas y canastas tiene la impresión de que esos manjares colgaban, momentos antes, de algún árbol o que hacía muy poco los habían sacado de la tierra.

Elaborar esas golosinas no solo es un arte, sino una tradición que, en el caso de la Azteca, acumula cuatro décadas. Su textura, sabor y casi el precio no han variado: frutas cristalizadas de calabaza, chilacayote, biznaga, camote y piña, rollos de guayaba, dulces de manjar, puritos de pepita, barras de cacahuate, merengues, jamoncillos…

Cuando Mario Alberto Barradas Mora, heredero de las recetas, prepara esos manjares, su mente evoca su infancia, al lado de sus abuelos: esperar que las cazuelas se vaciaran del dulce para raspar las sobras y llevarlas a la boca en un festín de alegría en medio de la precariedad.

“Me recuerdan a mis abuelos, luego andábamos raspando las pailas de lo que sobraba para probarlo, ya nada más estábamos esperando que lo vaciaran para con la cuchara darle”, recuerda con esa nostalgia que hace tragar saliva y contener las lágrimas.

Aprendió de Leonel Arcos y Aurelio Barradas, nacidos Naolinco, de donde trajeron sus recetas secretas de dulces, caramelos, frutas y leche quemada, esos con estirpe española.

“Desde niños mis abuelos nos ponían a trabajar. Mi abuelita me enseñó, incluso también se hacer pan, con una receta que tiene más de 100 años, especialmente el pan de muerto con huevo o con manteca”, dice con orgullo ese hombre con mandil cubierto de harina.

La Azteca es la dueña de secretos jamás cobrados, pero de los que han sido partícipes muchas generaciones de xalapeños. Y más allá de los sabores de sus dulces y panes, la felicidad de la Azteca son los recuerdos que viven en el alma, como los de Mario Alberto al lado de sus abuelos, quienes asumieron el rol de padres para seis huérfanos.

“Se me han escurrido las lágrimas de recordar a mis abuelitos y deben estar felices”, suelta.

El dulce de leche y las bolitas rosas de coco con leche son las preferidas de Rosario, la file empleada de la dulcería, quien por veinte años ha visto pasar a cientos de xalapeños para deleitarse con sabores –dice- que saben a historias con abuelitos .

En la tradición judía, cuando a un niño se le empieza a enseñar la palabra divina, a cada aprendizaje le acompaña una probadita de miel, para que identifique la dulzura de ese jarabe, con la dulzura de la palabra de Dios.

A los xalapeños les compraron alguna vez dulces de la Azteca, para identificar la dulzura de sus caramelos con la niebla, el chipi-chipi y todo aquello que hace de Xalapa un hogar.

*Calle Vicente Guerrero 173, Zona Centro, Xalapa.

 

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