África de Puebla: el secreto de la Sierra Norte

*África está en lo más elevado de Puebla, y aunque quizá no se vean cebras e hipopótamos hay historias de bestias salvajes, paisajes misteriosos y platillos intensísimos que hacen viajar

Aníbal Santiago

San Felipe Tepatlán, Pue.- Sumido en la vegetación, humedecido por la niebla, escrito con la letra torcida de la imperfecta mano humana, el blanco letrero, encajado en un sendero de tierra fangosa y mexicana, orienta así a los choferes: “Camiones de carga por desviación”, y arribita anuncia un destino imposible si donde estás es en la Sierra Norte: “Bienvenidos, África”. No hay lugar para las dudas, estás en las elevaciones del estado de Puebla y también en aquel lejano continente. A ver, a ver, a ver. ¿Es África un rincón del mundo que habla totonaco, y no yoruba, swahili o hausa?

Pues sí, la vida da sorpresas. Y entonces te preguntarás, ¿qué necesito para que esta tierra sea África, o al menos se parezca al África for export que nos encanta en las secuencias de Discovery Channel, nos atrapa en las historias de Emilio Salgari o nos encandila en las páginas del National Geographic?

Pues uno diría que leones, hipopótamos, gacelas, elefantes, antílopes, cebras, guepardos. Error, en el México de hace un siglo y medio, cuando el gobierno de don Porfirio Díaz ungía a las ciudades de prosperidad afrancesada y castigaba con miseria al campo indígena, mujeres y hombres requerían mucho menos que todas esas especies de Kenia o Tanzania. Orillados por el hambre, l@s mexican@s debían abandonar sus desventurados pueblos en busca de una mejor vida donde la pobreza aún no se inventara: tierras vírgenes.

Por más que se amaran y se ilusionaran en que el futuro sería mejor, los campesinos Felicitas Pineda y Diego Escobedo ya no podían alimentar a sus hijos en su pueblo, Tlamanca de Hernandez. Pero les llegó el rumor de que en un lugar accesible caminando unas horas, cerca de una aldea llamada Tepatlán, había humedad y terrenos fértiles, y hasta ahí llegaron en esos días de fines del siglo 19. Miraron a su alrededor: la vegetación brotaba con generosidad selvática. O sea, se podría labrar; hasta ahí, todo perfecto. El problema era otro: “Contaba mi abuelita Felicitas que en esta tierra sin dueño había tigres, panteras y otras bestias peligrosas. Por eso, cuando con su machete ella y mi abuelo desmalezaron para que fuera su nueva casa, se dijeron: este lugar parece África”.

Y entonces –como añade Ángel Becerra, arriero que va hacia los 80 años de edad- nombraron “África” a la nueva comunidad que atrajo de otras partes del estado a decenas de familias. Construyeron casas de madera, una iglesia dedicada al santo portugués San Antonio de Padua, una escuela y hasta una cárcel de la que sobrevive un cascarón.

Por favor, no intentes ir a África. Además de que si se te aparece un tigre te puede devorar, la carretera de piedra y lodo serpentea montañas asaltadas por abismos geográficos que se vuelven vacíos terroríficos en tu panza. En este rincón de la Sierra Madre Oriental, enrollado en caminos chuecos que marean y espantan, no hay margen de error para la vida.

Pero te contaré qué es lo que en la África poblana se ve: una iglesia vino y azul, la Primaria hablante de totonaco que anuncia en su fachada Pukgalhtawakga Miguel Hidalgo (Escuela Miguel Hidalgo) y el Arroyo de Atlamaya (“por donde pasan jabalines”, como don Ángel nombra a los jabalíes). También hay chirimoyas, chayotes, papayas y aguacates que alimentan al pueblo y funcionan como bardas entre las viviendas.

Nada es fácil hoy para África: se está vaciando. “Aquí uno se quema en el sol, pican los moscos y las hormigas. Les dice uno a los jóvenes ‘vamos a hacer la faena’, y ya no quieren”, dice Ángel. O sea, la juventud migra: buscan otras vidas sin tantas incomodidades.

Por suerte, eso no cambia que en los amaneceres, después de que el clima frío, neblinoso, misterioso –casi londinense- envuelve a las casitas de teja, una planta pinte de color guinda los patios habitados por gallinas, las praderas, las milpas, los caminos, el horizonte verde: la llamada sangre libanesa (euphorbia cotinifolia).

La música también llega. Una vez al año, con sus violines y jaranas los músicos del pueblo salen a tocar la danza de los toreadores para que los totonacas, ellas y ellos, vestidos de charras y charros salten un baile alegre en el que agitan mascadas de colores.

Y hay algo más, importantísimo: el mole. El más espeso, intenso y penetrante que te puedas imaginar, en el que flotan cubitos de carne a los que levantas con gruesas tortillas de un maíz blanquísimo.

En su casa de suelo de tierra, iluminada por la luz exterior que se filtra entre los maderos, Juana Santiago -esposa del arriero Ángel- da vueltas a un caldero que aviva la leña encendida en llamaradas rojas.

Está rodeada de montones de ollas, sartenes, cacerolas, jícaras, cazos y cazuelas, sus aliados que cuelgan de las paredes. Con su mirada estudiosa revuelve el mole increíble que en la región se prepara con chiles mulato y rojo, cacahuate, ajonjolí, pasas, almendra, nuez, plátano, piloncillo, chocolate Abuelita y (el que viene es el mejor secreto): galletas de animalitos molidas.

“¿Sabroso?”, me pregunta Ángel cuando advierte mi mirada extasiada por lo que experimenta mi paladar. Ya sabe qué voy a responder.

Menos mal que esto es África pero no es África. Quién sabe si allá, en los rumbos de Mozambique y Mali, existan tanta delicia y tanta belleza.

 

 

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