El Emporio Mercantil: coloso de lo inimaginable

*El Emporio Mercantil existe en la misma esquina desde que Venustiano Carranza gobernaba México, tiene un problema igual de antiguo: en sus 107 años de vida no ha sabido definirse. Entra y descubre qué es este lugar de la Ciudad de México:

Aníbal Santiago

Ciudad de México (CDMX).- Apoyado en un largo estante, un frasco tamaño Pulgarcito contiene el producto más raro del planeta: pigmento Nova Kolor. Su función es lo que jamás necesitarás: “cambiar de color los artículos de piel y plástico”, informa la etiqueta repleta de letritas microscópicas, como patas de hormiga. Ponte lentes o arruinarás para siempre tu vista. En el rótulo hay reglas de uso, tipo: “Lave la superficie con thinner”, debajo de la imagen de un dinosaurio. ¿Dinosaurio? Sí, la pequeña etiqueta explica la razón: “La fuente de la eterna juventud para sus abrigos, mochilas, balones, tenis”. Es decir, repinta con pigmento Nova Kolor tus artículos y tendrán larga vida como los dinosaurios.

Si existe en el castellano una palabra difícil de justificar es “Emporio”. Para decir que algo es un “emporio” debe haber monumentales razones. El Emporio Mercantil las tiene: el establecimiento de la colonia San Simón Ticumac vende en sus saturados pasillos -oscuros cual mansión abandonada y hasta con objetos que con alambres cuelgan del techo- todo lo que la mujer y el hombre necesitan, pero también lo que ni siquiera sabíamos que existía. Ya hablamos del tinte Nova Kolor, pero hay 3 millones 415 mil cosas más. Como mis editor@s ponen límites a mi crónica y no hay espacio para mencionar todas esas cosas (además no me pagan por palabras escritas), mencionaré solo cinco: moldes para galletas Madeleine, rejillas para enfriar pasteles, platos para compota, veladoras con siete potencias y wafleras para wafles miniatura.

Aunque El Emporio Mercantil existe en la misma esquina desde que Venustiano Carranza gobernaba México, tiene un problema igual de antiguo: en sus 107 años de vida no ha sabido definirse. Como no es cristalería, no es supermercado y menos tienda de ultramarinos, como no es nada y al mismo tiempo lo vende todo, en los escaparates de Calzada de Tlalpan -donde los peatones fisgonean para luego entrar picados por la curiosidad-, en esas vidrieras que dan a la avenida, el negocio enumera sus ramos: vinos, aluminio, abarrotes, regalos, carnes frías, cristal. Y, desde luego, peltre, ese acero vitrificado mexicanísimo que si observas atento, ya sea una cafetera, un sartén, una budinera, es un azul trozo de Vía Láctea que incluye sus constelaciones.

Todo-todo-todo lo que se te ocurra aquí está: lo mismo una botella de charanda El Tarasco, una cremera, unas pestañas artificiales Lovebrow, una veladora Levanta Negocios, un plato Ánfora con palacios, pagodas y demás motivos del imperio chino Qin Shi Huang; un lata de sopa Campbell’s de chile poblano, una budinera Gran Chef, una pala para hielo o una olla de 100 litros para calentar todos los tamales que requiere un mitin que organices con miles de acarreados. Ah, también se expenden condones Prudence para que al terminar la compra camines 10 pasos hasta el Motel Gracia -vecino de la tienda, te persuada el anuncio exterior (“habitaciones desde 300 pesos”), ingreses, avientes todos los bártulos y con tu amorcito te entregues a los brazos del Dios Eros.

En síntesis: en El Emporio Mercantil se vende todo (si el primer mandatario hubiera ofrecido ahí el avión presidencial, definitivamente se vendía en cuestión de horas). Como es mucha la diversidad y complejidad, los empleados, sabios y atentos como Antonio Palomino, te orientarán. Yo pedí una tetera y me trajeron una hermosura turquesa marca Yajad que por 265 pesitos ya calienta mi agua todas las mañanas.

Hace un siglo, en el Vapor Asturias u otro buque de pasajeros, un joven español, José Piñón, huyendo de los estragos de la Primera Guerra Mundial navegó por el Océano Atlántico hasta Veracruz, y de ahí se le ocurrió vivir en San Simón Ticumac. Ese pueblito de la Ciudad de México de origen prehispánico está cerca del Metro Nativitas: desde el aparador de vasos divisarás el tren naranja. Total que Piñón compró aquí, con sus ahorros, un viejo almacén fundado en 1916 que surtía a cantinas, restaurantes y hogares, y adquirió también la Cantina Emporio, un local aledaño nacido aún antes, en 1892. Hasta este día, 131 años después, ofrece desde el amanecer, entre la oscuridad salpicada por farolitos ámbar, deliciosas tortas cubanas, enchiladas, huevos al gusto que la clientela se pasa con café con leche y a veces con sorbos de Ron Matusalén y otros brebajes. Al morir el señor Piñón heredaron ambos negocios sus 11 hij@s, sus dueños actuales.

¿Qué queda de aquello? Todo. El Emporio Mercantil jamás ha padecido una renovación: la enorme nave se sostiene con gruesas columnas cubiertas de pequeños mosaicos artísticos azules y los mismos pisos de loza café que sienten tus suelas los pisó tu bisabuela cuando a tu abuelo lo estaba trayendo la cigüeña desde París (antes así llegaban los bebés).

Cada estante, cada rincón, la caja, la entrada refrescada con un cochambroso ventilador Mitek, absolutamente cada uno de los espacios, los toca con su varita mágica el encanto del descuido.

Por eso está lleno de cosas raras. Por decir algo: bajo las vaporeras de 1 a 100 litros, pegado con Diurex a un anaquel, un cartel naranja fluorescente, mal recortado, rotoso, te dice: “Para curar sus ollas ¡ojo! de aluminio por cada lit de agua un cucharada de vinagre o limo de 10 a 15”. ¿Entendiste algo? Yo tampoco.

Al Emporio Mercantil no trates de entenderlo. Solo entra, recórrelo, gózalo y compra un rallador triangular, una taza moka con asa, una loción Brut Classic de aroma amaderado, un escurridor colapsable.

O sea, llévate a casa algo que no necesites.

 

 

Compartir: