El parque absurdo del bigotón Dimitrov

*Dentro del Parque Xicoténcatl, al que los vecinos llamaron por décadas “pueblo negro” por su espantoso abandono (ya superado), se suceden combates a muerte entre dos bandos: Barrender@s Vs Hojas Secas

Aníbal Santiago

Ciudad de México (CDMX).- Nadie entiende por qué te da la bienvenida un señor bigotón, de sonrisa pícara y papada rozagante. “¿Quién es?”, piensas acercándote a la cara en piedra negra instalada en el acceso al Parque Xicoténcatl. Ahora lees: “Dimitrov”. ¿Dimitrov? Sí, este busto desgastado representa al comunista Gueorgi Dimitrov Mijáilov, jefe de la resistencia búlgara contra los nazis en la Segunda Guerra Mundial.

No está mal hacerle honor a un hombre que luchó por la justicia aunque él nos suene poco o nada, pero no deja de ser algo exótico. Aunque, pensándolo bien, en este parque de follaje espeso de la colonia San Diego Churubusco lo normal es lo exótico.

Por ejemplo, está repleto de árboles de toronja y de limón. Rebosantes de frutos sabrosos y jugosos. Algunas viejitas de mandil, como si estuvieran en huertos campestres y no en el ruidoso sur de la capital del país, se adentran en este jardín con barda de arcos de ladrillo elevados en 1940. Alzan unos palos de punta ganchuda, esculcan las ramas, cortan esos cítricos, los meten en unos saquitos y los llevan a casa para hacer a sus nietos jugos sanos y naturales de árboles que crecen resistiendo al diabólico vecino: el Circuito Interior y su radiactivo dióxido de carbono. Está muy bien lo que ellas hacen: en estos 6 mil mts2 -donde los motores de los camiones de redilas eclipsan el canto de los gorriones- caen toronjas y limones que forman alfombras frutales que se pudren porque los jóvenes no pelan.

Ahora camina hacia el límite norte, marcado por un altar donde los cuidadores tienen un altar a la Virgen de Guadalupe entre flores plásticas y lucecitas de colores. Tu tórax va a temblar: vibra potente porque aquí al lado está la Casa de Coahuila. Los migrantes de ese estado se reúnen en un jardín para resistir los influjos de la Ciudad de México y bailar a sus paisanos, lo mismo la difunta bolerista Martha Triana de románticos tiempos que Banda La Poderosa de Saltillo con su tambora vigorosa y sensual. O sea, como los ritmos del predio vecino se cuelan por los aires, el Parque Xicoténcatl es muy musical.

Pero claro, no es salón de conciertos sino parque: en 1940 un tal Eduardo Reguera compró esta parcela de milpas para crear un jardín con miles y miles de arbustos, plantas, árboles, flores. Por supuesto, hay especies locales como el ojo de poeta, la achira, el gladiolo u otra aún más mexicana: la especie de árboles con zapatos amarrados de las agujetas en las ramas. De un enorme árbol de Melina en el que cuelgan dos botas negras y sucias de obrero que datan de la época de Diego y Frida, que vivían aquí cerquita. Pero Reguera quiso también dar a su edén riqueza foránea, como la fresca palma real cubana y la phragmites maritianus con su flor rosada. La primera, del Caribe; la segunda, de África. Por eso sueltan fragancias de otras latitudes.

Al parque lo alumbran columnas, bancas y tres fuentes, todas cubiertas de azulejos de Talavera. Multicolores, con grecas preciosas y también paisajes de encantadoras comunidades de Puebla. Siéntate ahí con tu novio/novia y te sentirás radiante como Carlota y Maximiliano gozando los encantos de México. Ya muchos lo hacen: en el parque hay más besos que plantas (las parejas aprovechan los senderos discretos, semicultos por tantas especies y apenas iluminados por farolitos blancos). Por supuesto, aparte de los enamorados hay otras tribus autóctonas. Junto a unos juegos infantiles sobre los que sobrevuela una abejita de plástico, vi a una entrenadora dirigir las rutinas de unas 10 chicas que saltaban moviendo los brazos. Les gritaba alegre: “este ejercicio es para que se les cuadre la sangre, necesito que se les cuadre”. Quizá su entrenamiento no es muy científico pero sí muy entusiasta.

A la tribu deportista la complementan lo que una pensadora llamó “mamados de parque”, todos esos cuates que se ponen bien tronados en vetustos aparatos hechos de tubos de metal con miles de capas sobrepuestas de pintura de colores de todos los tiempos. Hacen lagartijas, abdominales, sentadillas y levantan unos tubos corrientes embutidos en dos grandes latas de aluminio rellenas de cemento. Esas son las mancuernas y las pesas disponibles en el piso a toda hora y que pertenecen a ninguno y a la vez todos estos hombres que se sonríen y saludan de puñito y cuentan cosas sobre sus perros de barrio que los acompañan jugando entre los aparatos. No usan pants sino jeans pues dan más rudeza, se sacan la playera para deslumbrar con sus atributos sudorosos y ponen en el piso bocinas potentes de las que sale rap nacional (Cartel de Santa, C-Kan, MC Davo) o extranjero. Mientras sus músculos cargan toneladas, oyen y tararean letras tipo Llegué a tu vida / Como un cadáver llega flotando a la orilla / Y tú a la mía, como una gaviota / Con las alas rotas buscando comida.

A unos metros yace una rarísima historia esculpida en bronce: el gigantesco Monumento al Mestizaje creado en 1981 por el artista Julián Martínez y compuesto originalmente por Hernán Cortés, La Malinche y Martín, hijo de ellos dos, labrado desnudo y señalando al horizonte. En aquellos días la triple escultura estaba cerca, en el centro de Coyoacán, epicentro popular del sur del DF. Sin embargo, grupos sociales adujeron que era una humillación al pueblo mexica, víctima de un exterminio. ¿Qué hacer ante la furia popular? El presidente Miguel de la Madrid dio la “solución”. Sacó el monumento de Coyoacán y mandó instalarlo en el Parque Xicoténcatl. Pensó que una mudanza resolvería todo. No sirvió, la furia hizo que alguien arrancara (se lo robara, tal cual) al pequeño Martín. El Monumento al Mestizaje se quedó sin su pequeño mestizo, y ahí sigue, mutilado, avergonzado, despreciado.

Dentro del Parque Xicoténcatl, al que los vecinos llamaron por décadas “pueblo negro” por su espantoso abandono (ya superado), se suceden combates a muerte entre dos bandos: Barrender@s Vs Hojas Secas. Son tantos los árboles que es una lucha imposible la que sostiene el personal de limpieza para que los pisos no sean un tapiz crujiente de hojas otoñales. No hay modo, pese a que esas mujeres y hombres son montones, pierden siempre la batalla. Y qué bueno, porque las hojas también contribuyen a que el alocado, exótico y absurdo parque del bigotón Dimitrov siga siendo encantador.

 

 

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