Las perrísimas pizzas

*En la colonia Del Valle  un lugar llamado la Pizza del Perro Negro, un espacio de devoción para el perro, mamífero al que se honra con… ¡pizza!

Aníbal Santiago

Ciudad de México (CDMX).- Los derechos caninos avanzan más rápido que los Derechos Humanos, y en esa carrera que dignifica a los perros germina lo hasta hace poco impensable: hoy existen tiendas de ropa de diseño para perros, estéticas caninas, guarderías caninas, hoteles caninos lujosos cual resorts de Bahamas, centros deportivos caninos. Claro que esas delicias perrunas son para pocos ejemplares: el planeta está por alcanzar los mil millones de perros, y de ellos 700 millones viven abandonados.

Pero bueno, convengamos que perros ricos y pobres de los cinco continentes -incluso Charlie, el melenudo aristócrata corgi de la reina Isabel II-, desde su día 28 en que tienen dientes de leche hasta las horas dolorosas de su último aliento, lo que comen son croquetas. Tristísimo, desconocen delicias como los camarones al mojo de ajo, las papas a la francesa con mayonesa o el mole poblano con elotito tierno.

¿Y para ellos tampoco hay pizza, delicia suprema? ¿No hay pizzerías para perros? No, porque el queso les cae muy-muy-muy mal. ¡Momento! En pleno Eje 7 Sur de la Ciudad de México, al lado del ruidero motorizado que cruza la ciudad de oriente a poniente, junto al Metro Zapata con su hormiguero de ambulantes que venden desde una aguja hasta una bocina tamaño ser humano, se ha creado un espacio de devoción para el perro, mamífero al que se honra con… ¡pizza!

La Pizza del Perro Negro (o Muerte a la Pizza Falsa, como también lo conocen sus discípulos) es un templo al perro, y no es una metáfora. En su entrada, lúgubre y sombría como si ahí estudiara un cónclave secreto de perros pensadores, un enorme cubo de cristal guarda, con celo como la corona de la reina, a la escultura en bronce de un anciano perro de orejas alargadas con bigotes espesos, collar de perlas ocres y cara de erudito.

Los clientes y empleados de esta pizzería tienen fervor por este animal como si estuviera vivo, fuera un profeta y enderezara sus vidas. Han esparcido a su alrededor flores, sagrados corazones, fotografías de ellos mismos, dólares y cascos de cerveza vacía (vaya a saber por qué).

¿Y ya podemos entrar? De ningún modo, un cartel en la entrada te pide: “Sigue las recomendaciones del personal del templo: utiliza gel en tus patas, sana distancia entre perros y uso de cubrebocas obligatorio”. Para que no violentemos esas órdenes en esta era de pandemia el anuncio está ilustrado por una patita canina que recibe gel, perros clientes que guardan distancia y un perro con cubrehocicos antivirus.

Ahora sí, ya estás adentro, perrrrrro (perdón señor/señora comensal) y es hora de gozar. ¿Cómo explicar su platillo todopoderoso? ¿Será la masa doradita y esponjosa su secreto? ¿Será su salsa de tomate que estalla intensa en el paladar? ¿Será lo que la cubre, ese manjar cremoso que nos regalan la vaca, la cabra, la oveja, la búfala, la camella?

Se llama “Pizza de Queso”, tan simple y primitivo como eso, pero quizá lo que ahora estás pidiendo es la mejor pizza de la capital. Pregunté a uno de tantas y tantos jóvenes meseros que van y vienen desenfadados con su mandil negro qué queso era ése que casi me desmaya de placer. Se rio, alegre por mi devoción. “Es una mezcla de quesos, y todo el tiempo probamos nuevas mezclas”, fue todo lo que me dijo, sin revelar el misterio que sale de un formidable horno visible para los clientes. Por supuesto, hay pizzas con elementos arriba, y qué elementos.  A la Pizza Chile Relleno la cubren chiles cuaresmeños capeados rellenos de aún más queso. La Gringa Carbón tiene pastor mexicano y árabe, salsa morita, piña, cilantro, cebolla y tiras crujientes de tortilla. Y la Pizza Ahogada incluye frijoles refritos, carnitas, dos salsas ahogadas y cebollas encurtidas. Las puedes llevar en cajas de cartón ilustradas con increíbles perros dibujados por diseñadores. Todas esas pizzas llenan de fragancias mexicanísimas el ambiente mientras tus oídos oyen New Speedway Boogie, de Greatuful Dead, o lo mejor del rock clásico.

El local, de precios bajos e iluminado con unas tímidas lamparitas anaranjadas, es un tugurio con cactus, murales, montones de estampas con los conciertos que ahí ocurren y un absurdo tinaco Rotoplás en medio del salón, como si fuera un tótem sagrado a inamovible. Te sentarás en sillas y mesas de madera avejentada prematuramente porque a esta pizzería van multitudes seducidas por las exquisiteces que caen a tu mesa. Las morderás entre muros negros y espejos antiguos desgastados propios de castillos de vampiros. Si no te reflejas es que eres uno de ellos, y ni te preocupes: mejor goza la vida llevando a tu garganta las cervezas Bulldog Francés y Golden Retriever. Perrísimas.

 

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