La Escuela de las niñas y niños pájaro

Es forjadora de los futuros hombres y mujeres voladores, que reciben las enseñanzas de los abuelos

Por Édgar Escamilla

Papantla, Ver.- Inscrita desde el 2009 en el listado representativo del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, la danza ritual de Los Voladores requiere de la formación de nuevos ejecutantes para preservar su raíz, labor que recae en la Escuela de Niños Voladores del Centro de las Artes Indígenas, donde cada sábado, pequeños desde los cuatro años acuden a recibir las enseñanzas de los abuelos.

A espaldas del Kantiyan o Casa de los Abuelos, en el parque temático Takilhsukut, se ubica la Escuela de Niños Voladores, un espacio donde las nuevas generaciones tienen contacto con el conocimiento ancestral de los totonacas.

Cruz Ramírez Vega, maestro volador, cuenta como desde su fundación en el 2005 ha cambiado el esquema de enseñanza, al grado abrirse la oportunidad de ingreso a niñas que desean ser voladoras.

“Hay niñas que quieren aprender y ni modo de decirles que no; si la niña trae el don, pues adelante, por qué ponerle trabas, decirle que no; al contrario, hay que animarlas”. Recuerda que anteriormente no se permitía por el significado del ritual, pero al crecer la influencia del ritual a nivel internacional, países como Rusia piden mujeres voladoras.

En esta escuela los niños aprenden de la cultura y tradición, además de que brinda la oportunidad de que desde pequeños comiencen a socializar con menores de otras comunidades, formando lazos de amistad y confianza que les servirán para impulsarse unos a otros al momento de emprender el vuelo.

La primera generación recibió a niños de entre 7 a 10 años, no todos lograban permanecer en el programa; a muchos les deba miedo subir al palo volador. Actualmente acuden a partir de los 4 años para comenzar a interactuar, observar, perder el miedo, encontrarse y convivir con niños de otras comunidades.

Cada niño que llega a la escuela desarrolla un don especial, así lo mismo pueden aprender a tocar la flauta y el tambor, que subir y lanzarse al vacío.

Van subiendo según sus capacidades escalón por escalón hasta perder el miedo y llegar a la cúspide; en menos de tres meses un niño es capaz de subir a lo alto del palo, pero lo principal es enseñarle la historia, la tradición del ritual.

Acuden cada sábado al CAI, de 9 a 14 horas; tiempo en el que primero reciben instrucción teórica dentro del aula y posteriormente salen a practicar en el palo volador.

Han pasado cinco generaciones y la mayoría de los estudiantes al crecer forman su familia y se separan del CAI, muchas veces porque las parejas ya no les permiten volar, en el caso de las mujeres; mientras que los hombres tienen que migrar en busca de oportunidades de trabajo.

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