Dos ciudades, un solo corazón

Las vetustas casonas del primer cuadro de la ciudad y sus angostas calles, como espejo de la vieja Habana, se han mimetizado a una zona dorada, de pujanza económica
Por Édgar Ávila Pérez 
Veracruz, Ver. – Los primeros rayos del sol de cada amanecer, hacen surgir los barullos de una ciudad con un corazón viejo, pero con un alma fuerte.

Los olores, sabores y ruidos de una antigua ciudad amurallada, como lo fue el puerto de Veracruz, se mezclan con  vientos nuevos de su modernidad.
Los gritos a pulmón abierto de los volovaneros y neveros del güero güero, junto con los hombres de piel morena que se arrojan a las pestilentes aguas del malecón para rescatar monedas, son sólo una estampa del primer ayuntamiento de América.
Afuera del casco original de la Vera Cruz, fundada por el español Hernán Cortés, las imágenes de su arquitectónico  bulevar golpeado por las aguas saladas, sus hoteles y restaurantes en edificios puros, claros y modernos, son el reverso de esa estampa cotidiana.
Por las mañanas, el sol golpea con bravura a la joya turística; por las tardes el rojizo astro enamora a la zona conurbada de Veracruz-Boca del Río; y por las noches el claro cielo y su luna, le hace el amor a un rinconcito donde hacen sus nidos las olas del mar.
Las vetustas casonas del primer cuadro de la ciudad y sus angostas calles, como espejo de la vieja Habana, se han mimetizado a una zona dorada, de pujanza económica que sorprende lo mismo a europeos  que a estadounidenses.
La sensación de los 35 grados centígrados escurriendo por la piel, el tilin tilin del café lechero y la canilla en la mítica Parroquia solo anuncian que uno se encuentra parado en el puerto de Veracruz.
El renovado Veracruz
La Veracruz vieja sobrevive con sus olores a mar rancio, esos que emanan de las aguas estancadas al lado de enormes buques que ingresan al corazón mismo del puerto antiguo que hoy es de los más importantes en México por su movimiento de carga, pero también por sus estibadores, hombres recios, leales y trabajadores.
Perdura con sus casas, algunas abandonadas, derruidas, carcomidas por el salitre y el tiempo, otras restauradas que mantienen en pie oficinas, comercios y restaurantes que evocan años pasado, sabores y olores a hogar.
Subsiste por sus edificios que nos recuerdan viejas batallas, como el portentoso San Juan de Ulúa, el Baluarte de Santiago y el Faro Venustiano Carranza.
Se mantiene por su diversa  gastronomía: grasientas empanadas y gordas;  picadas de salvas multicolores; pan francés convertido en volovan de piña, pollo, hawaiano, queso con jamón y jaiba; raspados y glorias con azúcares al por mayor; nieves de una larga variedad de sabores que se venden a los güeros, así sean negros y capuchinos.
En pie gracias a sus barrios, como la Huaca forjado por la tercera raíz africana, con pasillos laberinticos y siluetas de Agustín Lara y Toña la Negra, emblemas de una región nacida de esclavos, trabajadores y migrantes de todo el mundo.
Y sobrevive y vive por su gente, esa que toca y canta los sones desde el alma; la que baila Danzón en la Plazuela de la Campana para enamorar a pasados y nuevos amores, siempre la misma persona; la que convierte peces y crustáceos en manjares; y por supuesto, la que avienta una que otra grosería para expresar cariño.
A las afueras de esa barullo, la luz que emanan las avenidas y banquetas, con su pavimento blanco, muestran a otra ciudad con sus mismos orígenes, compartiendo historia con Boca del Río.
La pulcritud de su bulevar, la perfección de las palmeras borrachas de sol, los bronceados perfectos de hombres y mujeres esculturales son la otra cara.
Una cara con comida árabe, española, italiana, china, japonesa; hoteles con vista al mar y centros comerciales con yates en lugar de autos estacionados sobre un espejo de agua.
Dos ciudades, un solo corazón.
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