Callejón del Aguacate: ¡no te vayas a comer los dulces!

*Rincón oculto de la Ciudad de México, este es un fortín de la historia: hace siglos en este angosto camino del pueblo de Santa Catarina paseaban lentamente jamelgos, y amarrados a sus aros aguardaban a que sus dueños los montaran

Aníbal Santiago

Por más que voltees a un lado y otro, que camines sobre sus adoquines de pasadizos con estrechez medieval, no verás grandes animales; ni mitológicos como los dragones, ni de carga, como las mulas. Si acaso un french poodle que una viejita saca a pasear. Pero el Callejón del Aguacate se ha empantanado tanto en el tiempo que en él sobrevive un anillo de amarre de caballo: redonda piedra pulida sobre la fachada de una casa.

Es decir, hace siglos en este angosto camino del pueblo de Santa Catarina paseaban lentamente jamelgos, y amarrados a sus aros aguardaban a que sus dueños los montaran. Un tiempo en que para viajar no era necesario descargar por el mofle porquerías gaseosas.

Rincón oculto de la Ciudad de México, este es un fortín de la historia: los cedros, arces, liquidámbar, enormes, vibrantes y fértiles como guardias musculosos, desde lo alto forman arcos que abrazan desconfiados lo que en su calle sobrevive pese a la destructiva vocación humana. Hay techos de tejas, farolitos de días de don Joaquín Pardavé, enrejados porfirianos, azulejos empotrados a las esquinas con santos piadosos, fachadas de adobe enamoradas de hibiscos marítimos que las besuquean melosos con sus enredaderas. Y hay una rareza más: un antiquísimo portón que parece resguardar una hacienda fantasma ha sido intervenido con plumones de colores  de cientos -acaso miles- de novios de todos los tiempos. Quizá ya ni vivan quienes aquí sellaron su unión, pero están eternizados en un apasionado y hermoso enjambre colorido: Xime y José, Laura y Daniel, Sergio y Noemí, Alex y Montse. Que su amor haya sido duradero, o al menos volcánico. Como debe ser.

Y sí dan ganas de tener novio, novia, amante o lo que sea cuando uno camina en este lugar. Y en una de esas te inspiras para algo más. A una larga barda pintada con olas, flores, viento, la corona la imagen de una mujer con los pechos frescos y desnudos, pelo revuelto sobre los hombros, silueta finísima y en el vientre un verde aguacate cuyo hueso es en realidad un feto durmiente. Puede gustarte o impresionante, pero no pasarás de largo: impactado, te detendrás a mirar.

Los sureños habitantes de este pasaje son cuidadosos y tiernos como abuelas que tejen chambritas. Para identificar el lugar donde viven, a sus casas les colocan mosaicos que dicen “Callejón del Aguacate” y luego se esmeran: en los óvalos han mandado pintar árboles –la especie que nos da el guacamole-, colibríes, florecitas. Monadas que embellecen.

Y vas a encontrar algo más, aunque por su discreción la tienes que detectar con vista de detective: en una pared, sobre un vértice de la calle que se tuerce, existe una oquedad. Ahí dentro está la Virgen del Carmen pintada con esmero sobre una baldosa blanca con la custodia de dos angelitos. Abajo, una veladora negruzca la ilumina con luz naranja; a su derecha una nochebuena y abajo, a sus pies, lo insólito: varios dulces. Hay pastillas Tic Tac de menta, paletas, chiclosos Aciduladitos. ¿Por qué? No es que la patrona de los marineros sea una golosa sin remedio. No.

Un magnífico cronista anónimo escribió que en este callejón, en tiempos del general Lázaro Cárdenas, ocurrió lo siguiente. “Un militar solitario, rígido y reservado por el estrés de las batallas salía todos los días a hacer largas caminatas para calmar la ansiedad. Tenía de vecino a un niño que salía a jugar. Fascinado por las medallas de la chaqueta del militar le insistía diariamente que jugaran juntos. El señor siempre le negaba el deseo. Un día, hartó al militar, que lo golpeó hasta matarlo y lo colgó en un árbol. Tras ver lo que acaba de hacer, se arrepintió y para sanar sus heridas mandó a poner en la esquina del callejón un altar con una virgen, para que cada persona que pasara se persignara. En las noches todavía se escucha el llanto del niño”.

Así que, en memoria del pequeño, persígnate. Y por nada del mundo te comas sus dulces (si lo haces te arrepentirás).

 

 

 

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