El restaurador de la fe

*En un rinconcito del Mercado Revolución de la ciudad de Córdoba, Francisco Javier arregla imágenes religiosas no sólo con pinceles gastados, frascos de pintura y una antiquísima una máquina de coser, sino con la paciencia de tener en las manos un recuerdo familiar

Miguel Ángel Contreras Mauss

Córdoba, Ver.-  Donde el ruido de los camiones se mezcla con los gritos de los comerciantes, un hombre llamado Francisco Javier Pérez trabaja con pinceles gastados, frascos de pintura, retazos de tela y una máquina de coser que parece haber encontrado su segunda vida

En un rincón del Mercado Revolución de la ciudad de los Treinta Caballeros y entre imágenes religiosas que esperan turno, trabaja con calma y paciencia el restaurador de los símbolos de la fe.

Aprendió el oficio desde niño. Un vecino le mostró los primeros pasos: lijar con cuidado, preparar la base y, sobre todo, tener paciencia para no dañar los detalles.

“Así me fui enseñando… desde chico. Y ya después la gente empezó a traerme sus imágenes”, cuenta sin dejar de mover el pincel.

Las figuras llegan con golpes, partes desprendidas, pintura cuarteada o quemaduras leves por el sol.

“Así como las ven en las fotos, un poco maltratadas, pero es normal”, explica. “La gente las tiene en sus altares, las sacan en fiesta patronal o las colocan cerca de la ventana, y con el tiempo se deterioran. Por eso necesitan restauración”, recuerda.

Para Francisco, cada imagen tiene una historia: algunas llegan envueltas en bolsas de tela bordada, otras vienen con una nota pegada indicando el nombre del santo y el año en que llegó a la familia.

“La mayoría las cuida porque son herencias. Son cosas que pasan de padres a hijos… una tradición. Y la gente sigue con esa costumbre de mantenerlas bonitas, porque así se las dejaron”.

Mientras trabaja, el mercado sigue su propio ritmo: taxis pasan pitando, un vendedor de frutas acomoda mandarinas en pirámide perfecta, y un costurero de la nave contigua pregunta por hilo dorado.

Francisco se acomoda la toalla sobre las piernas y continúa detallando la mejilla de una pequeña figura.

Dependiendo del tamaño –dice-  puede restaurar entre dos y tres piezas al día. Las más grandes requieren jornadas completas; las pequeñas, unas cuantas horas de retoque. “Lo que más me lleva tiempo es la pintura y dejarla pareja. Pero cuando la entrego y la gente la ve ‘como nueva’, pues vale la pena.”

No hace mayor publicidad: su mejor anuncio son los propios clientes, quienes regresan año con año antes de diciembre o fiestas patronales.

Traen consigo las figuras envueltas con cuidado, como si entregaran un recuerdo.

 

 

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