El refugio afrodescendiente

*La Sala de las Reinas del Carnaval en Yanga no es un museo formal con horarios de visita y guías certificados, pero cumple esa función mejor que muchas instituciones: la oralidad como método de conservación histórica

Miguel Ángel Contreras Mauss

Yanga, Ver.-  En cada centímetro cuadrado se guarda una historia, un brillo, un recuerdo que se niega a desvanecerse.

El pasillo central del Palacio Municipal de Yanga se convirtió en un lugar donde el tiempo no transcurre, simplemente se acumula.   Aquí, en medio de trámites administrativos y el vaivén cotidiano de la burocracia, existe un portal luminoso a décadas de fiesta, identidad y orgullo: la Sala de las Reinas del Carnaval.

La sala es pura esencia yanguense, auténtica como un grito de alegría en plena comparsa, sin vitrinas sofisticadas ni museografía de manual.

Los vestidos cuelgan y se exhiben con la dignidad de quien sabe que ha sido protagonista, que ha bailado bajo reflectores improvisados, que ha sido admirado por miles de ojos mientras el son jarocho retumbaba en las calles empedradas del primer pueblo libre de América.

Un vestido amarillo con azul intercepta la mirada apenas se cruza el umbral: las plumas se alzan como proclamando victoria, la pedrería captura cada rayo de luz que se cuela por las ventanas coloniales.

Más allá del espectáculo visual, los atuendos son documentos vivientes. Cada uno cuenta la historia de una mujer que, por una temporada, encarnó los sueños colectivos de Yanga.

Los trajes son explosiones de color que compiten entre sí por atención: fucsia que grita, verde esmeralda que seduce, dorado que resplandece con la arrogancia de quien sabe que es el centro de todas las miradas.

Algunos lucen bordados elaboradísimos que debieron tomar semanas, quizá meses de trabajo artesanal. Otros apuestan por diseños más modernos, con cortes atrevidos y combinaciones cromáticas que desafían la prudencia.

No son solo vestidos. Son armaduras de fiesta, coronas textiles, manifiestos silenciosos de una comunidad que decidió celebrarse a sí misma con toda la potencia de su herencia afrodescendiente.

Las paredes están tapizadas con fotografías que funcionan como un censo visual de la belleza yanguense.

Rostros sonrientes, coronas que parecen demasiado grandes para ser reales, fondos que van desde lo modesto hasta lo pretenciosamente glamuroso. Cada retrato es un testimonio: “Estuve aquí. Fui reina. Mi pueblo me eligió.”

Fascinante es observar la evolución. Las fotografías más antiguas, en blanco y negro o con ese color deslavado de las polaroids viejas, muestran reinas con peinados altos y vestidos que hoy nos parecerían recatados.

Conforme se avanza por el corredor cronológico, los escotes se pronuncian, las coronas crecen, el maquillaje se vuelve más audaz, pero algo permanece constante en todas las décadas: esa mezcla de orgullo y nerviosismo que solo se ve en quien sabe que está representando algo mucho más grande que sí misma.

Hablar del Carnaval de Yanga sin mencionar a Gaspar Yanga sería como intentar entender el mar sin considerar las mareas. Este pueblo no es cualquier rincón del mapa veracruzano.

Es el primer asentamiento de personas africanas libres en el continente americano, el resultado de una rebelión exitosa contra el yugo colonial español en el siglo XVII.

 

 

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