*En medio de la zona norte del puerto de Veracruz, la Biblioteca Arturo Llorente González permanece como un refugio para el conocimiento y uno de los pocos espacios culturales de la zona
Diana Rojas
Veracruz, Ver.- Como un oasis en medio de un desierto y con los rayos del sol reflejándose en la costa jarocha, se levanta la Biblioteca Arturo Llorente González, un refugio para los sedientos del saber.
Los susurros y el murmullo de las voces se pierden en medio de los estantes: entre semana el ambiente es tranquilo, por la tarde las clases de guitarra amenizan la caída del sol.
En el verano el bullicio y las risas resuenan entre las paredes, las actividades atraen un considerable número de niños y padres de familia que aprovechan la oferta cultural durante los días de descanso.
El edificio de paredes blancas -ubicado en la calle Sierra de Maracaju de la colonia Las Brisas en el puerto de Veracruz- tiene libreros sencillos que cargan clásicos como El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha hasta obras infantiles.
Si bien la biblioteca Arturo Llorente no es la última biblioteca en pie en la zona -actualmente en el municipio hay ocho bibliotecas públicas esparcidas por el territorio- sí es la única en al menos varios kilómetros a la redonda.
Algo más al norte, cerca de la salida del puerto, está la biblioteca de Torrentes, ambas están como dos faros de conocimiento resistiendo al paso del tiempo, los cambios de costumbres y la ausencia de entusiastas lectores.
Cristian Barrientos Alvarado, maestro de Educación Física y actual encargado de la Biblioteca Llorente lamenta las pocas bibliotecas en el bullucioso puerto.
“Hay muchos vecinos, vecinas, hay muchos niños que dicen, no sabíamos que había una biblioteca aquí, aparte de que se necesita más difusión y promoción a esta propia biblioteca”.
Reconoció que la población cada vez va menos a las bibliotecas, sin embargo, mantenerlas vigentes es también un trabajo de todos.
“Un llamado de atención a las familias, a los padres de familia, a los niños que nuevamente vengan a las bibliotecas porque, yo creo que antes se tenía una idea de que las bibliotecas eran espacios donde solamente se venía a sentarse y a agarrar un libro, ahora ya no”, afirma.
Doña Rosi, como le llaman todos en la biblioteca, lleva trabajando en este lugar desde 1994 y recuerda que fue en 1992 cuando se instaló y la considera como el único punto cultural que hay en la zona norte.
Además de ser una persona muy querida por los visitantes, mantiene el recuerdo de aquellos que solían visitar la biblioteca y como poco a poco esa grandeza que traía el inmueble al ser una luz de sabiduría en medio de un obscuro océano de ignorancia se ha ido desvaneciendo.
Existe esperanza, deseos de mejorar, porque espacios como una biblioteca oculta en un mar de casas y calles estrechas, donde la mente es libre de pensar, seguirán existiendo.



