*Si Safranski había ya demostrado cómo los sistemas filosóficos de Heidegger o Schiller eran pura razón, con Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía introduce todo aquello que para él debía ser fundamental en la filosofía
Rodolfo Mendoza
Nadie se ha ocupado más por biografiar a los filósofos de los siglos XIX y XX que Rüdiger Safranski. A él debemos las biografías de Nietzsche, Heidegger, Schiller y Schopenhauer, volúmenes verdaderamente dotados de información, bibliografía y pleno conocimiento de lo que es la filosofía desde la antigüedad hasta nuestros días.
Ya se sabe que son los alemanes quienes como una suerte de consciencia nacional han creado todo un aparato filosófico y crítico alrededor del pensamiento. Se sabe, también y de sobra, que mucho de lo que occidente ha avanzado en tendencias ideológicas se debe al pensamiento alemán.
Si Safranski había ya demostrado cómo los sistemas filosóficos de Heidegger o Schiller eran pura razón, con Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía introduce todo aquello que para el autor de El mundo como voluntad y representación debía ser fundamental en la filosofía: el irracionalismo, el pesimismo, los instintos y el deseo inherentes a la naturaleza humana.
Inicia Safranski con los antepasados de la familia y los quehaceres de los progenitores: padre comerciante y dominante; madre con intereses literarios, reconocida por las tertulias a las que asistía Goethe, a la postre amigo e interlocutor de Schopenhauer. A la muerte por suicidio del padre, el filósofo se ve obligado a entrar a los negocios heredados para luego, a la edad de veinte años y luego de abandonar la escuela de medicina, se dedicara por completo al estudio de los grandes filósofos, desde Platón y Aristóteles hasta Pascal y Espinoza.
Aunque tuvo una relación ríspida con el padre, siempre le agradeció que al heredarlo le permitiera dedicarse a la filosofía y poder vivir y viajar con soltura por Italia: Florencia, Roma, Venecia, Nápoles.
Después de viajar por Italia ingresó a la Universidad de Berlín a dictar cátedra. Sin embargo, competía con Hegel (filósofo predilecto de la nación alemana), quien lo analizó en el examen de ingreso. Logró el puesto, pero no sin repercusiones: Hegel daba clase en el mismo horario que el autor de Sobre la voluntad en la naturaleza, y este terminó desistiendo luego de seis meses y regresó a sus viajes por Italia, para volver luego de la muerte de Hegel a asentarse en Fráncfort, donde vivió recluido dedicado a la lectura de los filósofos clásicos y contemporáneos, amén de escribir su monumental obra.
