Los Alcatraces, el latido del son jarocho

*Lo que comenzó en 2019 como una reunión entre amigos en una casa terminó por consolidar a uno de los grupos jóvenes más entusiastas del son jarocho; el grupo transforma el fandango en comunión viva

Evelyn Castro

Tlacotalpan, Ver.- Bajo la noche o tarde del fandango, desde la tarima, con jaranas ágiles y veloces, los Alcatraces tejen música rústica, de campo y sin etiquetas.

Entre zapateados, versos y ritmos del sur, los siete jóvenes honran la naturaleza y la memoria local.

En cada son recuperan la forma de versar de los veteranos de su las profundidades de sus pueblos de Acayucan, Soconusco, Ángel R. Cabada y Veracruz. Y a través de su música tradicional, resuenan fuerte los paisajes, historias y personajes de los llanos.

“Al escucharnos sentimos enjundia, jiribilleo”, dicen.

Para los Alcatraces el Son Jarocho se experimenta, se vive. Ya sea en toquínes con amigos o en grandes escenarios, como el de la Candelaria en Tlacotalpan, donde su actitud jaranera retumbó en la tarima.

Se mezclan con el ambiente: su forma de tocar se transforma con la temperatura de la ciudad, se enciende con el frenesí de la fiesta y se funde con la energía de quienes los acompañan.

Desde sus instrumentos siguen los cánones del Son  Jarocho: fusionar ritmos españoles, africanos e indígenas que se avivan en el fandango, una comunión de lo antiguo y lo contemporáneo.

“El son nos ayuda a expresarnos, podemos liberar lo que sentimos”, agregan.

Así es como este grupo hace sonar las jaranas por necesidad y gusto, no por lucro. Al versar, fluyen e improvisan, priorizando la conexión con la gente.

La conexión nace de la hermandad que los caracteriza, a pesar del nervio del escenario, al tocar se sienten en el “cotorreo”. Acompañados, alegres y tranquilos. “Somos lo que somos, nos llevamos bien, no competimos, haz compitas, no compitas”, expresan entre risas.

En 2019 cuatro jóvenes tocaban sones en una casa cuando fueron descubiertos por un curioso que les grabó y difundió en redes. Al preguntarles por la identidad del grupo, el nombre surgió espontáneo inspirado por un verso: “Los Alcatraces”.

Hoy, Alberto Quíntela, Amaranta Chávez, Emanuel Reyes, Francisco Miranda, Guadalupe Ramírez, Héctor Sosa y Ramón Villaseñor no solo comparten la tarima, sino su amistad, una causa y la pasión por el son jarocho.

Los Alcatraces reúnen a jóvenes de veinte y treinta años: biólogos, comunicólogos, aviadores, talleristas y educadores artísticos, a quienes el amor por la música y la lealtad a sus tradiciones los llevó a reunirse.

Tras migrar a estudiar a Xalapa, el Gabacho y el Puerto de Veracruz, las nuevas tierras los arroparon durante seis años hasta el 2025, cuyo entusiasmo los hizo reencontrarse en el Puerto de Veracruz.

“Nos juntábamos para tocar, echar el son un rato, matar el tiempo, pero ahorita ya lo estamos llevando a cabo, más concreto”. Como músicos en crecimiento, tuvieron la necesidad de integrar a más personas afines al proyecto: “con la misma vibra”.

Acayucan fue su primera escuela. Esta tierra del sur los vio crecer: curiosos ante la flota joven que aprendía el zapateado, la jarana y el requinto; sueltos y aventados versando en los fandangos con amigos y estudiosos en las Casas de Cultura.

Aunque algunos no se sintieron atrapados desde un inicio, la complicidad entre amigos y la herencia de los viejos del pueblo hizo del son una elección de vida. Así, entre risas y zapateados se despiden al ritmo de un verso que los define:

 

De todos amigos soy

aquí te extiendo la mano

en el lugar donde estoy

yo me siento muy ufano

recordando lo que soy

jarocho, veracruzano

 

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