Manos mágicas de las artesanas de barro

Concepción y sus hijas son las últimas artesanas de barro que mantienen viva la tradición en la localidad de Santa María Tatetla

Inés Tabal G.

Santa María Tatetla, Ver. – Un camino de terracería rodeado de montañas y una espesa vegetación esconden una pequeña comunidad que se ubica a 122 kilómetros del puerto de Veracruz; los sembradíos de maíz y cacahuate dan la bienvenida a Santa María Tatetla, cuna de las últimas artesanas de barro de la región.

Sus calles tapizadas por aquel fruto amarillento demuestran la riqueza con la que conviven a diario; dentro de la localidad viven cuatro mujeres, quienes se han encargado de preservar por décadas uno de los oficios que les ha brindado identidad y reconocimiento entre los lugareños.

Concepción es una de ellas. Quien lleva dedicándose a este arte por más de 60 años, inculcándole a sus hijas el amor por el trabajo. A pesar del tiempo y a las múltiples crisis que han azotado la región, permanecen fieles a la herencia que sus antepasadas les dejaron.

“Yo empecé a hacer cuando ella murió (su abuela), la veía como hacía, ella no quería que le manoseáramos el barro porque decía que nomás le endurábamos y le descomponíamos”, recuerda con una sonrisa en el rostro la mujer de 83 años.

Ahora por la edad y las múltiples enfermedades que la aquejan se le complica trabajar, pero sus hijas quienes están sentadas a su alrededor son la fiel muestra del legado que les inculcó.

Con la agilidad que los años de práctica les dieron crean con esa pasta gris infinidad de figuras, juguetes, comales y la joya de la corona, los molcajetes una de los principales productos que se fabrican en aquel lugar.

Su hija mayor María Luisa realiza un cerdito, a su costado María Félix crea un toro, incorporándose al quehacer está Isidora, quien convierte en menos de cinco minutos una bola de barro en un molcajete que después será usado para elaborar infinidad de salsas que acompañaran la mesa de las familias veracruzanas.

“Aquí estamos con ella, somos las únicas que quedamos (…), yo a mis hijas les digo que agarren el barro, que lo tienten, que lo jueguen, porque sé que esto es un bien para ellas, para que el día de mañana que nosotras ya no estemos se puedan ayudar al igual que nosotras”, dice Isidora mientras sus manos se pintan de gris y crean la magia que se transforma en un molcajete.

Ellas ven con tristeza que lentamente la tradición se ha ido perdiendo con el paso de los años y de las nuevas generaciones, las cuales afirman son pocas las que aún se siguen interesando en aquel oficio.

Una de las principales razones por la cual se está perdiendo -dice- es por lo demandante que implica el trabajo, desde ir a recoger el barro, ponerlo a secar, disolverlo en agua hasta que se convierta en una masa consistente, para después moldearlo y cocerlo, proceso que tarda un día y una noche para que el producto esté listo.

Todo el trabajo lleva aproximadamente de uno a dos meses, dependiendo de cómo esté el tiempo y de las ocupaciones que tengan, -afirman- aunque les gustaría dedicarse de lleno a ese trabajo, sus demás pendientes no se lo permiten.

Aunado a eso no pueden fabricar grandes cantidades debido a que no cuentan con las herramientas necesarias para hacerles más fácil el trabajo.

“Quisiéramos comprar un torno para que pudiéramos hacer diferentes figuras, no nomas el cajete o los muñecos, hora si que fueran otras cosas, pero como ella dijo está caro y no podemos comprarlo”, lamentó Isidora.

“Orgullosas de poderlas hacer”, dicen las cuatro mujeres quienes afirman que no solo es practica lo que se necesita para realizar este trabajo, sino también se debe de tener aquel “don”, que no cualquiera posee y el cual ellas están agradecidas por haber sido bendecidas.

“Esto no cualquiera lo hace (…) yo siento que esto ya lo traemos en la sangre, mientras podamos hacerlo seguiremos trabajando”, aseguró Isidora.

 

 

 

 

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